«Una habitación propia», Virginia Woolf

Una y otra vez me dijeron que tenía que leer «A room of one’s own», una novela de Virginia Woolf, pionera del feminismo. Bueno, traducido como «Una habitación propia»: en mi opinión, es un ensayo. La única característica novelesca que tiene es la referencia a una hipotética protagonista que, a poco que uno lea, entiende que se trata de la propia autora huyendo despavorida de una de las características que critica en los hombres: «yo, yo, yo, y más yo». Y para no decir «yo», menta a «ella».

Y ella, Virginia Woolf, era absolutamente un prodigio de persona. Una mente brillante que, en 1929, consiguió exponer de manera directa y perfectamente argumentada varias cuestiones: la necesidad de introspección, de espacio, de autocuidados; la relación del hombre con la mujer y consigo mismo; la relación de la mujer con el hombre y con la realidad a la que la somete; la de la literatura y la mujer con ella. Y es brillante. ¡Y un poquito cargante con la ingente cantidad de metáforas que emplea!

La sensación ha sido de constante controversia: me aburre, me fascina; qué pesada, qué dominio de la palabra; qué poco lógica, qué coherente; qué innecesario argumento aquí, cómo hila todo. Al final, me he enamorado. Pero no os diré que sea una lectura amena. Es una lectura interesante. Es edificante. Y es sorprendente.

No voy a hacer un resumen de su vida que podéis encontrar más fácil y rápidamente en internet. Voy a dejar alguna de las frases, o de los segmentos, que más me han gustado; con la esperanza de que sean lo suficientemente representativos como para que cojáis el libro y lo devoréis.

Solo puedo ofrecerles una opinión sobre un tema menor: para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio; y eso, como ustedes verán, deja sin resolver el magno problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela.

Antes de la guerra, en un almuerzo como este, la gente hubiera dicho las mismas cosas, pero hubieran sonado distintas pues en aquellos días las acompañaba una especie de zumbido, no articulado sino musical e incitante, que modificaba el valor propio de las palabras. ¿Sería posible ponerle letra a aquel zumbido? Tal vez con ayuda de los poetas.

¿Por qué los hombres bebían vino y las mujeres agua? ¿Por qué un sexo era tan adinerado, y tan pobre el otro? ¿Qué influencia ejerce la pobreza sobre la literatura?¿Qué condiciones requiere la creación de obras de arte? -mil preguntas me acosaban a un tiempo-.

Las mujeres no escriben libros sobre los hombres, hecho que saludé con alivio, porque si primero tenía que leer todo cuanto los hombres han escrito sobre las mujeres, y después todo lo que las mujeres han escrito sobre los hombres, el aloe que florece cada 100 años, florecería dos veces antes de que yo empezara a escribir.

La literatura está abarrotada de ruinas de nombres que se han preocupado más allá de lo razonable de las opiniones ajenas.

El sincero respeto que Virginia Woolf sentía por Shakespeare -y que evidencia constantemente-, lo debemos manifestar todos los lectores por ella.

Gambito de dama

«Gambito de dama» («The Queen’s Gambit» en su idioma original) es una novela de Walter Levis publicada por primera vez en 1983. Me topé con ella como supongo que muchos de vosotros: Netflix ha tenido un éxito evidente con la serie. Comencé a verla, de hecho, y al cuarto capítulo me obligué a cesar en el intento y a buscar la novela. Si la serie tenía un toque especial –y mi teoría seguía sin fallar– la novela debía ser maravillosa.

Así es: maravillosa y sorprendente en su estilo y delicadeza.

Elisabeth Harmon es un personaje diferente y sumamente real. Con múltiples carencias a nivel vital y afectivo, una infancia difícil, experiencias traumáticas, la adicción,… Se supera. Se supera mucho y muy despacio, a veces. Alcanza un desarrollo envidiable en el mundo del ajedrez, trabajando su mente, la gestión de las emociones, la toxicidad que la rodea –en forma de alcohol, pastillas y compañías de dudosa conveniencia. Y, sin embargo, uno termina la última página con la sensación de necesitar unas cuantas más; para conocerla mejor, para saber si consigue experimentar sentimientos más sanos, si supera ciertos bloqueos.

Fotografía del personaje de Elisabeth Harmon en la serie "Gambito de dama" producida por Netflix.
Elisabeth Harmon en la serie «Gambito de dama», producida por Netflix.

Pese a ser la protagonista de todas y cada una de las páginas, de conocer cada pensamiento e imagen mental que experimenta, se percibe como efímera, ausente del mundo en tantas ocasiones. Su vida es el ajedrez.

La minuciosidad de las descripciones de las partidas es poco frecuente en una novela. Sin embargo, transmite incluso con más profundidad las sensaciones. El roce con el material de cada pieza, los tonos de los tableros, los sonidos de relojes y piezas que se depositan con firmeza. Incluso los personajes a los que se enfrenta y que, en algunos casos, después la acompañan. Descripciones ricas pero no excesivas. Como cada rasgo del texto, en realidad.

«[…] y estarían explorando la posición, buscando debilidades dentro de tres o diez movimientos, sondeando la disposición de piezas blancas como si fuera su cuerpo y ellos cirujanos preparados para diseccionarlo. Había algo obsceno en aquella imagen».

Se dice que lo poco agrada y lo mucho enfada. Esa justa medida de cada elemento hace que sea una novela recomendable para cualquier amante de la literatura, y aficionado a la lectura. Por supuesto, si te gusta el ajedrez, te enamorará. Si majestuosa resulta la narrativa, majestuosa es la imagen que proyecta de este juego que nació A.d.C. Además, el jugador habitual contará con una ventaja: podrá entrenarse con ella a lo largo del relato. Desmenuza jugadas, movimientos, paso a paso. Minuto a minuto, si pones en marcha el reloj.

Por otro lado, cabría al menos mentar el alegato feminista que, si bien viene de una mentalidad masculina fácilmente perceptible en más de una ocasión, se suma a una lista ya importante de novelas que recogen la figura de la mujer desde la perspectiva de la lucha en un mundo de hombres. Inmersa en él, ganará. Aunque la sensación de inseguridad no la abandonará en ningún momento.

Si tiene un toque de comicidad, y muy sutil, reside en las píldoras de Moscú, los rusos, la posición de las revistas y los centros culturales, Rompe con unos clichés y corrobora otros, alimentando esa sensación de realidad constante desde las primeras líneas.

Dedicaría más de un párrafo a los dos personajes enternecedores que aparecen, incluso tres. Pero debo parar y decirte que tienes que mover tú. Te toca. Y si quieres un consejo, el mío es que lo leas. No habrá una jugada mejor, ni más deleitable. Incluso más que ahorrar el tiempo viendo la serie. Además, una regla del ajedrez dice así: «pieza tocada, pieza movida». Ya la has tocado al leer esta breve y personal reseña. ¡Disfrútalo!

Hay peores cárceles que las palabras

Él solía decir que existimos mientras alguien nos recuerda.

La Sombra del Viento, Carlos Ruiz Zafón. Editorial Planeta SA, Barcelona, España (2001). ISBN: 84-226-9689-4

Nació en Barcelona (España) en 1964, falleció en Los Ángeles (EEUU) este año. Aún no puedo creer que no esté entre nosotros semejante genio. Os recomiendo leer su biografía en la página oficial: http://www.carlosruizzafon.com

[…]como siempre, lo esencial de la cuestión había sido decidido antes de que empezase la historia y, para entonces, ya era tarde.

La tetralogía El Cementerio de los Libros Olvidados comienza con la publicación, en el año 2001, de La sombra del viento, y continúa con El juego del ángel, El prisionero del cielo y El laberinto de los espíritus. Debo admitir que la comencé hace años, y la dejé de lado con la excusa de no poder soportar la espera entre libro y libro, porque los dos primeros me habían capturado sobremanera. Así fui a la Feria del libro de Madrid, donde me firmó la tercera obra por orden consecutivo, y yo la guardé como un tesoro durante años en la estantería: primero, a la espera de la cuarta y última; después, porque lo olvidé. Me sumergí en otras lecturas, otros autores, otros países incluso (llevo tres años dedicándome al estudio de la literatura eslava e italiana). Este verano llegó la noticia de su muerte. Hay dos comportamientos que son típicos ya en el ser humano: beatificar moralmente a todo el que enterramos, olvidando sus faltas (esto ya lo dice el propio Zafón en la novela: Frente a un ataúd, todos vemos sólo lo bueno o lo que queremos ver); en el caso de ser un autor, deseamos haberle leído, comenzar ahora, haberlo hecho antes. Sobre todo si somos lectores frecuentes, o apasionados. Más si algo nos evoca un recuerdo grato, la imagen de los momentos de lectura acurrucada en la cama, hasta altas horas de la noche. De manera que, sumergida en estos pensamientos, decidí adentrarme de nuevo en el universo de Carlos Ruiz Zafón.

-¿Por qué se queman los libros? Por estupidez, por ignorancia, por odio…vaya usted a saber.
– ¿Por qué cree usted? -insistí.
– Julián vivía en sus libros. Aquel cuerpo que acabó en la morgue era sólo una parte de él. Su alma está en sus historias. En una ocasión le pregunté en quién se inspiraba para crear sus personajes y me respondió que en nadie. Que todos sus personajes eran él mismo
.

Daniel Sempere y su padre nos estrechan la mano acompañándonos ya en los primeros pasos hacia un lugar donde el respeto, la intriga y la calidez, se mezclan con el olor de los libros, nuevos y usados. Pronto la historia coge un ritmo casi frenético. Los nombres empiezan a aparecer y los personajes toman forma, con un don que hay que atribuir al autor: jamás olvida el lector de quién se trata. La trama está presentada por el protagonista aparente en primera persona, que nos permite conocer cada detalle y reflexión. Digo aparente, porque cuando los marcos narrativos comienzan a encontrar su lugar y a encajar, como piezas de un puzzle inmenso, uno comprende que no es la historia de una persona, sino de muchas ellas. Personas que evolucionan y no se mantienen en el mismo rol durante todo el desarrollo. Incluso el relato femenino de Nuria Monfort, del que no adelantaré nada por si te animas a sumergirte en esta aventura, ocupa una posición de relevancia y presenta valores que, si bien en todo momento se pincelan, ella los dibuja con precisión. Pero volviendo a sus personajes, parecen tener una pareja, distante en el tiempo y, sobre todo, en el momento vital que comparten, pero parejos al fin y al cabo. Así Daniel y Julián Carax, el padre de cada uno de ellos, de alguna manera sus madres también, Bea y Penélope, Tomás y Miquel, enfrentarán al inspector Fumero en una aventura que comienza en 1945, para Daniel, y finalizan, Daniel y Carax, en 1955. Si ya lo has leído, pensarás que nada tienen que ver los personajes que aparecen en esta comparación rápida, y tienes razón. Gracias al aprendizaje, a la vida, y a la compañía que ejercen en Daniel, los finales son muy diferentes a aquellos que conformaron la dramática existencia de Julián. Debo decir que, gracias a un entorno familiar sano, también el punto de origen difiere y facilita la transición vital de Daniel. Las palabras con que se envenena el corazón de un hijo, por mezquindad o por ignorancia, se quedan enquistadas en la memoria y tarde o temprano le queman el alma.

Ejército, matrimonio, Iglesia y banca: los cuatro jinetes del Apocalipsis: las críticas hacia ciertos aspectos o modos de vida, como los asilos, son evidentes aunque no constituyen la trama. Sin embargo, sin construyen personajes muy humanos, personajes que conocen las miserias a las que se ven sometidos por la sociedad, los deseos, las decepciones y el miedo.

Me sentí rodeado de millones de páginas abandonadas, de universos y almas sin dueño, que se hundían en un océano de oscuridad mientras el mundo que palpitaba fuera de aquellos muros perdía la memoria sin darse cuenta día tras día, sintiéndose más sabio cuanto más olvidaba.

El lenguaje es cuidado. Sin embargo, la novela está repleta de diálogos que, bendita la pluma, son ocupados muy frecuentemente por el que posiblemente sea el mejor personaje de todos y que, en ciertas ocasiones, parece haber salido de una obra dramática por su lenguaje comunicativo: Fermín Romero de Torres, como se hace llamar. Consecuencia de la picaresca española, de sus tiempos y la experiencia, es una especie de Pepito Grillo, un visionario vapuleado por el sistema, profundamente fiel, compasivo y bondadoso, y con los comentarios más ingeniosos de toda la obra. Divertido, optimista y fuerte. Incluso en cierta escena aparece como un héroe en un coche, una imagen que, imagino, el señor Ruiz Zafón debió terminar con una sonrisa socarrona.

El modo más eficaz de hacer inofensivos a los pobres es enseñarles a querer imitar a los ricos.

Destacaría, además del recorrido por Barcelona que en más de una ocasión me hizo recurrir a mapas y fotografías en línea, y los paseos por París, […]la única ciudad del mundo donde morirse de hambre todavía es considerado un arte; la inmersión en el mundo editorial. El día que comprenda usted que el negocio de los libros es miseria y compañía y decida aprender a robar un banco, o a crear uno, que viene a ser lo mismo, venga a verme y le explicaré cuatro cosas sobre cerrojos. Uno masca y saborea el proceso de escritura, detalles de la edición, entresijos del mundillo, la publicación, la compra-venta y, por encima de todo, el valor del libro, el poder de la palabra. Tanto es así, que el almacén de libros, la librería, así como los escritorios y, por supuesto, la pluma de Víctor Hugo, dejan un sabor impactante. Por supuesto, también el cementerio.

[…] porque en esta vida lo único que sienta cátedra es el prejuicio.

Además, las referencias históricas son frecuentes, y también las literarias. Incluso, desarrollando más la sensibilidad que uno experimenta con el pasar de las páginas, los olores forman parte del recorrido. El olor a muerto o a vida en el mismo lugar según el momento; el papel nuevo, usado o quemado; las calles de la ciudad ahumadas o espléndidas de sol.

La televisión, amigo Daniel, es el Anticristo […]. Este mundo no se morirá de una bomba atómica como dicen los diarios, se morirá de risa, de banalidad, haciendo un chiste de todo, y además un chiste malo.

En la España del siglo XX nos situamos porque la propia novela nos introduce y, además, los capítulos se ordenan en bloques presentados cronológicamente. Pero por si queda algún resquicio de duda, los comentarios sobre la mujer como el sexo débil, la manera de referirse a la tauromaquia, y las triquiñuelas de las que se sirven para desenvolverse, nos sitúan de nuevo en la época. Debo admitir que, a mi parecer, la mujer también juega el papel indispensable en la obra de ser descubierta, como esencia y fuente de profundas pasiones y sentimientos, por el joven Sempere.

Hay pocas razones para decir la verdad, pero para mentir el número es infinito.

La memoria, el alma y el destino, serán los otros tres pilares sobre los que se sustente el recorrido narrativo. Recurrentes y trascendentales, serán la masa madre de cada movimiento e idea, de cada intención. Pero, llegados a este punto, de qué va todo esto, querrás saber. Tomando prestado otro párrafo del libro: De libros malditos, del hombre que los escribió, de un personaje que se escapó de las páginas de una novela para quemarla, de una traición y de una amistad perdida. Es una historia de amor, de odio y de los sueños que viven en la sombra del viento.

Te invito a descubrir la que posiblemente sea mi novela favorita.

Sofía en София, Bulgaria

A pocos kilómetros de la ciudad se encuentra la montaña de Vitosha. Parque Natural desde 1938, era una de las recomendaciones que me repetían una y otra vez, guías y ciudadanos. No debía dejar de ir, no podía perderme sus hectáreas de bosque. Que si la fauna, los paisajes, el silencio, la poca dificultad de algunos tramos, la extrema de otros. Que no me la perdiese. Y me la perdí. Una de las pocas veces en que no hago ni caso de quienes saben más que yo.

Desde el balcón del hotel, la miré desde el primer instante en que apareció ante mis ojos. Tenía un mal presentimiento, o eso creía. Me repetía que no debía aventurarme, sin entender del todo los motivos de esta extraña decisión. Pero miraba hacia la montaña, como quien observa por primera vez un fenómeno cualquiera. Curiosa, intrigada, inquieta. Deseando acercarme y salir corriendo, en dirección a ella. Jamás me planteé la dirección contraria, en la que sí conocía lo que podía encontrar. Aquello que me acompañaba y de lo que no conseguía liberarme del todo.

Con el paso de las horas, de los pocos días que pasé allí, comenzó a parecerme cada vez más grande. La sentía más cercana a mí, al balcón, a mis temores, que tomaban forma. Su peso comenzaba a doblar mi espalda. Dura, fría, parecía restar grados a aquellos días tan agradables de un calor que podía sobrellevar. Se me hincaba en las lumbares, y no en otra zona de la espalda.

Concentré mi atención en esa zona, hasta que el suspiro que me acariciaba la nuca comenzó a despistarme de todo lo anterior. Noté paulatinamente cómo subía la tensión a las cervicales, asentándose en cada vértebra, músculo y centímetro de piel. Se adueñaba así de cada percepción posible, limitando mis movimientos. Siquiera pude girar el cuello y ver qué era. Siempre estuvo ahí, aferrado, inhumano.

Con el pasar de los meses, decidí buscar una medicación que me librase del dolor. Porque sí, aquella opresión era ya un dolor inmenso por entonces. La encontré, como ocurre con todo lo que se busca con ahínco. Me deshice del mal y su coacción. Y una noche de aquellas, en las que la melancolía restablecía la complexión primitiva, volví a pensar en Vitosha.

Continuaba siendo pesada, más calida y menos intimidante. Había dado un paso, y no tuve miedo de deshacer mis pasos, caminando hacia delante, pero mirando hacia atrás.

Pude constatarme entonces de varios hechos que, acompañados de matices y reflexiones, tornarían en indispensables para el resto de mi vida. Así lo decidí en aquel momento. Uno de ellos, el principal, era la presencia ineludible del sol. El otro, la frase que recordé llevar tatuada en el costado. Y, por último, la necesidad de tener espejos siempre conmigo: esas personas en las que uno refleja el brillo de una mirada, una lágrima que es silencio, un beso contenido, el abrazo nunca dado.

Somos

Somos lo que pasa entre decisión y decisión. No lo que pasa, sino el espacio entre una y otra. Una mezcla de querer ser libres y ser conscientes de la imposibilidad del asunto, al menos en términos absolutos. Unos términos que, por regla general, no existen.

Una decisión no tiene que ser siempre trascendental, no vamos por ahí. Decides cuando coges el libro y te acomodas, entre cojines y mantas, a dejar la mente trabajar y volar al mismo tiempo. Has decidido que dormirás menos, que un autor va a hacerse con tu imaginación, una letras van a ocupar tu mirada. ¿Influye en algo? Claro que sí. A corto plazo, mañana estarás más cansada, inconscientemente también más feliz. A medio plazo, desarrollarás la memoria, el pensamiento y tu creatividad, sobre todo si continúas haciéndolo con frecuencia. A largo plazo, tus palabras reflejarán lo que otras construyeron y será un verdadero placer escucharte, o incluso leerte, en el mejor de los casos.

Decidimos lo que comemos, con quién hablamos, si queremos jugar a algo, acariciar a nuestro gato cuando se apoya en nosotros, sonreír a un niño que nos mira atentamente, ayudar a alguien que lo necesita. O no. Decidimos implicarnos en las pequeñas cosas de la vida, o no. Y le damos un valor, porque definirá nuestra persona lenta, pero consecuente y consecutivamente.

Decidimos qué jersey vestiremos, si iremos a hacer deporte más tarde o si, por el contrario, dedicaremos unos instantes a tomar decisiones más importantes o definitivas. Y al final, todo es sumamente vital, porque es nuestro tiempo el que se compromete. Y todos, más o menos capaces de meditarlo, valoramos algo que pasa irremediablemente. Queremos pasarlo bien. Cuando decimos pasarlo bien, ese lo, ese complemento directo, se refiere al bendito tiempo.

Un buen día, decides que esa persona no va a seguir en tu vida, por una cosa u otra. Nada grave: esto incrementa la dificultad de la decisión. Y te das cuenta de que no habrá más horas aferrada a un teléfono o, lo que es lo mismo, aferrada a sus risas y pensamientos más diversos y, a menudo, dispersos. Te alejas irremediablemente no sólo de la magia que ha rodeado a esa especie de relación idealizada que manteníais, sino de lo ideal y realmente maravilloso que ha generado en tu persona. Una imagen bucólica, ¿no te parece? Ahí estás, sentada en una esquina del dormitorio, en el suelo, pensando un poco en todo y en nada a la vez. Decisión tomada, What’s past is prologue, y otra más que se avecina. ¿Olvidar o recordar? RecordarTE, siempre desde el respeto y el cariño más profundos porque, por más cosas que no hicieras bien, por muchas meteduras de pata absurdas que hubieran, estaba todo lo demás. Todo lo demás, es el afecto que te tengo, la admiración en innumerables sentidos, una simpatía cariñosa que no se va así como así.

Seguramente no hablaremos nunca más. Pero nunca dejaré de reconocer que contigo volví a sentir emociones olvidadas. Olvidadas a voluntad propia, sí, claro. Pero olvidadas. Y solo contigo decidí dejarlas atrás. Me quité un muro inmensamente grueso, bien construido, solo ante el calor de tu voz y el ingenio de tus frases, casi siempre acertadas.

Tengo la confianza absoluta de que, en algún momento, leerás todo esto. Gracias, pequeño gruñón. Porque lo eres. Y yo fui otras tantas cosas contigo. Algunas, espléndidas. Siento no haberlas expresado mejor. Es tarde, incluso para mí.

Y mientras tanto…

Mañana se quemarán las yemas de tus dedos inexpertos. Hoy notas la piel más dura. Ayer, ayer solo era un cosquilleo.

El peso de una palabra puede anclarla en lo más profundo de tu corazón. Sacarla es imposible. Quizás sea más sencillo rajar las paredes rojas que tanto amor guardaron. Así dejar caer el ancla y la palabra. Y aprovechar el momento para seguir vaciándonos.

En estos tiempos, los gritos son peligrosos porque portan virus. Por aquel entonces, llevaban rabia, ira, anhelos, deseos, dolor, nervios, amor, desamor, celos, decepciones, y un sinfín de cosas que sentían aquellos seres extraños: los seres humanos.

Ahora, también es arriesgado reírse muy alto, o con la boca muy abierta. Para lo segundo, han inventado la mascarilla. Para lo primero, ya os habréis dado cuenta: están ensayando cada día. Y cada día nos reímos más bajo.

Vamos a manifestarnos. Juntos, en dos bandos. Juntos, frente al otro. ¿Los otros dos? Están ajenos, observándonos con diversión. De vez en cuando, Poder mueve algunos hilos. Ignorancia pasea alrededor, buscando la paz de espíritu. Poder le ofrece una marioneta. Ignorancia sonríe, agradecida, sintiéndose bendecida por semejante honor.

Un monigote, dos monigotes

El diccionario Larousse descansa sobre la mesa. No descansa del todo, puesto que está de pie y no tumbado, como cabría esperar. A su izquierda, pared. A la derecha, un monigote de madera con aspecto sospechoso, que hace las veces de tapa de una pequeña cajita, incapaz de contener nada de utilidad. Usado como sujetalibros, sujetalibro: solo hay uno. De nuevo cabe especificar que antes eran muchos, toneladas. De manera que solo queda uno. Solo queda un diccionario de vocabulario básico de una lengua extranjera que siquiera merece ser nombrada. O eso diría él, de estar aquí para poder defender su postura.

Antonio diría, sin lugar a dudas, que solo ver la portada le revuelve el estómago. Por eso, ahora que se ha mudado, que por fin ha recogido todas sus pertenencias, ha decidido que el regalo de bienvenida para el nuevo inquilino sea exactamente ese. Un jodido diccionario.

Todas las pertenencias es sinónimo de veinte cajas. Su estilo austero ha facilitado notablemente la tarea. Menos austero cuando estaba ella, recuerda con claridad. Así, mientras doblaba rápidamente la ropa, hacía un recuento de todo lo que había sido un regalo. Por supuesto, una mujer como aquella no regalaba ropa por un cumpleaños. Faltaría más. Eran los regalos espontáneos, acompañados de un «cariño, la camisa de ayer era muy espantosa, espantosísima» que parecía justificar el hecho de acoplarle una nueva. Al principio, él odiaba esta costumbre. Con el tiempo, le hacía gracia. La veía llegar con una bolsa sin logo, ni colores chillones, y ya sabía que estaba disimulando un regalo de los suyos. Observaba con cierto placer cómo dirigía la conversación lentamente hacia esa cosa horrorosísima que se hubiera puesto el día, o la semana anterior. Y empezó a amar también estas tonterías.

En el equilibrio de aquella relación, uno que costó alcanzar pero que, una vez establecido, podía asegurarse como lo más firme que un ser humano como él hubiera conocido antes; ella era la loca, él era pausado. Y aunque no le importaba demasiado ese adjetivo, no podía dejar de repetirse una y otra vez que la pausa, a semejante torbellino, podía resultarle aburrida. Y la miraba, sumido en la reflexión más lúgubre, hasta que ella saltaba encima, le mordía el cuello, o se entusiasmaba con cualquier historia.

Los regalos especiales eran los de los cumpleaños, aniversarios, San Valentín y su día favorito desde la invención de su loquita; San Tequieroymedalagana. Este último se celebraba después de una discusión grave, que era definida como esa en la que se iban a dormir sin darse las buenas noches, ni abrazarse. Podía ser tantas veces como discusiones hubiera. El caso es que no discutían demasiado. Pero cuando lo hacían, ella llegaba con lo que más le cautivaba, una carta, algo de puño y letra. Algo que expresaba lo que le costaba decir en voz alta. Algo que pudiera ser producto de una profunda reflexión, y no un manifiesto de cabreo, orgullo e impulsividad momentánea. Las guardaba en un archivador, disimulado con el escudo universitario. Por orden cronológico, perfectamente conservadas, durante diez años.

Cuando Lorena se fue de casa… Aquella fatídica tarde, cuando regresó y no encontró ni rastro de ella, comprendió que las palabras del día anterior, y en realidad, de toda la semana; no habían sido producto del momento. Esas no necesitaban ser escritas para ser reales. Lo abandonó, porque él dejó de hacerle reír. Estaba convencido de que había sido un paranoico en los últimos meses, hasta el punto de no disfrutar de ella, de su vitalidad. De tanto amor. La miraba con un cronómetro en la mano. Una cuenta atrás que no dejaba de alejarse gracias a su expresa colaboración, comprendió cuando era tarde. El día anterior a su desaparición, trató de explicarle este pensamiento-revelación, pero llegaba con tal retraso que ella, por primera vez en tantos años, no respondió. Simplemente, se acostó.

Estos recuerdos inundaron su mente durante muchos días, y semanas. La veía en cada rincón. Cocinando. Abrazándolo cuando era él el encargado de la cena o la comida. En ropa interior en el salón, invitándolo a no dormir. La recordaba en la cama, en la ducha, leyendo en el sofá. Abrazada a un cojín, canturreando como mi novio no me quiere, me tengo que abrazar a cualquier cosa. Antonio se tiraba encima de ella, se la comía a besos. Reían. Eran recuerdos hermosos. La veía también llorando, cuando colgaba el teléfono. Echaba de menos a su madre. Pero chin chin, con un botellín de cerveza en la mano. Celebraba que todos seguían bien. Irían a verlos juntos en dos semanas. Ella era todo eso eso, volátil, alegre, espontánea, pasional.

Cuando por fin decidió dejar atrás el piso, tras numerosos intentos de llamadas no recibidas en un teléfono que permanecía apagado, de preguntar a sus amigos por ella y que nadie supiera dónde estaba, o eso decían; tras cotillear sus redes sociales y descubrir, día tras día, que llevaba meses sin usarlas; decidió también que nunca trataría de volver a contactar. Fue entonces cuando ganó el orgullo, buscó otro alquiler, recogió todo, y se dispuso, por fin, a salir de allí.

En la mesa, el diccionario. Le devolvía a cuando recitaba en voz alta nociones teóricas. Y también a su empeño por hacerse un hueco en lo que hoy era su trabajo. Consiguió participar en la edición del diccionario, no sin esfuerzo. En la página de créditos figuraba claramente su nombre y apellidos, a la derecha de «Coordinación editorial:». Junto a este, el monigote del viaje que hicieron a Chile.

Antonio tuvo el diccionario en las manos, antes de salir. Siquiera se detuvo en la idea del papel que sobresalía, aún sabiendo que ella no dejaba nunca papeles entre sus libros; ni del hecho de haberlo encontrado encima de una foto de ambos el día que Lorena se marchó. Prefirió dejarlo allí, junto con el monigote. Consideró que fueron objetos abandonados por ella. Tres, contando con él. Tal vez, si hubiera sido consciente de lo que significó para ella aquel primer gran trabajo, aquel primer gran viaje juntos, y aquel verdadero gran amor; no hubiera dejado nada de aquello allí. Habría sido capaz de abrirlo, al menos. Habría encontrado una nota, no muy extensa, desconocida ya para siempre para él.

Tu gato hiperactivo escondería la nota para siempre. Por eso la encuentras medio encajada en un libro, uno que espero me devuelvas.

Te quiero con todo mi corazón, pero nos estamos haciendo daño. Necesito aire. Estaré en la casa de la playa unos meses, dedicada a acabar el relato y a las dos publicaciones que tenemos pendientes, ya sabes. Te pido, por favor, que nos demos un poco de espacio. No te olvidaré por no escribirte, o llamarte. Reflexiona, si crees que debes hacerlo. Y pasadas unas semanas, si quieres volver conmigo, solo tienes que llamarme (al otro número, el habitual lo apago, que no quiero tener que dar explicaciones a nadie). Dejo la pelota en tu tejado porque, como bien sabes, esto no estaría pasando si no estuvieras absolutamente distante desde hace casi un año. He intentado, de todas las maneras posibles, traerte de vuelta. Pero parece que te has ido muy lejos. Si, por cualquier cosa, quieres o necesitas la llave de la vivienda, te he dejado la copia en la cajita. No hay una más fea, ni que traiga recuerdos más bonitos, ¿verdad? Espero que volvamos a verla juntos, desde nuestro sofá, no importa dónde. Te voy a echar de menos, cada día. Te adoro. Cuídate.

Y si decides dejarlo del todo, no te preocupes. Lo comprendo, te comprendo. En ese caso, se muy feliz.

Cómo iban a pensar los nuevos inquilinos que nunca fue leída. Les pareció tan triste, que ya el primer día allí intentaron sacar ese nudo de la garganta. Dejaron correr un par de semanas, y fue ella quien llamó a la agencia. Pidió el teléfono de la anterior mujer que vivió allí. Tras discutir con cinco personas por la Ley de protección de datos, consiguió que se pusieran en contacto con ella y le pidieran permiso. Y Lorena, sorprendida por recibir una llamada de la inmobiliaria, respondió con inquietud. Los nuevos inquilinos necesitaban hablar con ella. Sí, dio la autorización con lágrimas en los ojos. ¿Nuevos inquilinos? ¿Dónde estaba Antonio? Por supuesto, consiguieron hablar. Y ella, al colgar, creyó saber con total certeza que él, no solo había dado por perdida la relación, sino que además había dejado allí toda oportunidad de mantener algo. Su diccionario, lo recuperaría por correo, acordaron. Un monigote que pidió tirasen a la basura. Y una llave, que no serviría puesto que iba a cambiar la cerradura.
















¿Y si ella no se hubiera ido? ¿Y si él no se hubiera rendido? Porque tener miedo es lícito. Equivocarse, también. ¿Pero dejar marchitar una flor? Eso no tiene perdón, dicen.

Como si nunca hubieras existido

Cómo vas a evitar un leísmo, si no sabes lo que es. Cómo ibas a entender mis confesiones, si solo has conocido los confesionarios católicos. Cómo íbamos a querernos bien, si eres más de adverbios de cantidad, que de modo. Cómo fuiste capaz de versionar mis canciones, de modificar mis versos. De proyectar una imagen oscura mientras yo trataba de conservar la tuya. Ya no lo hago más, ya cuento la verdad. Ahora ya es tarde.

Cómo fueron los cielos tan azules, si la noche los absorbía. Cómo las estrellas se veían tan fuerte, porque se hacía cada sensación «fuerte». ¿Conociste más adjetivos? Cómo el espacio era finito e infinito al mismo tiempo. Cómo se puede decir «te quiero» con tanta facilidad. Con la misma que dejamos de decirlo. Qué natural, ¿no?

¿Cómo puedes darte por aludido en todo esto?

Es probable que una frase sea tuya; otra, mía; aquella, suya. No sería de extrañar que alguna incluso resultase común. Recuerdo ahora el mechero de mi amiga. Es rojo y cita con claridad en blanco: «La sabiduría me persigue, pero yo soy más rápida». Ojalá regalarte uno sin letras, sin mensaje, sin promesas de tinta sin papel.

Tengo tu perfil dibujado en mis ojos. Tu perfil, tumbados al mismo nivel. Sonreías. Yo te miraba. Y me reía, porque estabas diciendo otra tontería. Como buen tonto, tonterías. Claro que sí. Tengo tus silencios tatuados en el alma: porque un tonto está más guapo callado. No te engañes, ni te dejes engañar.

Y aunque tengo todo esto –las reflexiones absurdas, preguntas infinitas, un poco de rabia gracias a tu comportamiento posterior–, la melancolía es más grande. Es una melancolía egoísta, demandante de atención y cuidados. Es una agonía chillona: ¡otra vez! Sí, tía, otra vez. Otra vez la he liado, y no es que me importe demasiado. Es más, no me importa nada. Pero durante unos días, menos horas de lo que me hubiera deseado, me importó lo suficiente como para abstraerme del mundo. Fue … como si … Porque no fue nada, en realidad. Pero cuando los «cómos» se transforman en «como si», cómo no: ¡pum! Nunca existieron.

Gandhi ganó una guerra sin violencia, con paz. Yo ya hice lo propio contigo. Y en la paz del silencio te digo algo: como si no hubiera sabido siempre que esto acabaría así.

Quién diría qué, cómo y cuándo, dónde. Qué más da; cuando el silencio es como si allá donde estuvieras, lo que dijera quien quiera que fuera, no existiera.

Verano 2021

Algún día, cuando tenga tiempo real, os contaré qué hace esta organización, de la que tuve la suerte de formar parte este año. Durante el mes de agosto se materializó todo el esfuerzo que llevamos a cabo durante muchos meses.
Solo os puedo recomendar que entréis aquí: https://www.rutainti.com y os dejéis cautivar por el espíritu –siempre vivo– de la Ruta Quetzal, ahora recuperado y conservado entre los inteños.

Ojalá más proyectos nos abrieran los ojos y la mente al mundo.

Pasa página

Alguien me dijo hace unos días que cuando pasa página, se afeita. Utilizó mal la expresión. No quería decir lo que quiere decir. Pero se afeitó, como quien se propone cambiar aquellas características que no le hacen tan feliz, o no le aportan tanta estabilidad. Algo así.
Hoy me he preguntado cómo paso página yo. He encontrado la respuesta, claro que sí. Y lo he llevado a cabo. Por supuesto, me refería a cambiar algo que no me gusta. He aprendido que podemos usar la expresión también para eso. ¿Por qué seguir cerrándome a aquello que conozco, si se me abren las puertas de un mundo inmenso alrededor?
Al final, somos momentos. Somos lo que pensamos por la noche, cuando ya nos hemos tumbado en la cama con objeto de dormir. Somos esa última idea que atraviesa la mente y, afortunadamente, a veces nos hace sonreír.

Sigo confiando en el plan, aunque hoy no tenga tanto sentido.