Mayo 2020

La cuenta de Instagram “vabbe.it” es mi favorita. Como subtítulo, “Senza peli sulla lingua”. Por si no hemos abierto la mente aún, aunque sean ya las 12h, “sin pelos en la lengua”. Además de hacerme reír, me siento muy comprendida.

In certe discussioni non
intervengo perchè non riesco a
trovare la versione light di:
“Senti, faccia di merda…”

El caso es que para mí, decir que algo o alguien es mi favorito o preferido en cualquier ámbito o contexto, es toda una manifestación sincera y de intenciones. Qué difícil es saber que algo te gusta más que lo demás, despreciando el resto y sus trillones de virtudes y características destacables. Y qué complicado sería, sin despreciar aquellas que resaltan por su negatividad en lo escogido como “mejor”. “El mejor…”, “la más…”. Cúanto me han atraído siempre los superlativos relativos, y todo lo relativo en el fondo.

Arriesgado, también resulta profundamente arriesgado. No solo manifestar públicamente un gusto o preferencia, sino aceptarlo e integrarlo como una realidad. Dos realidad absolutas no coexisten al mismo tiempo. Pero los amaneceres pueden ser brillantes y así, las noches oscuras. A su vez, las noches están cubiertas de estrellas y por la mañana, no siempre el sol brilla con tanta intensidad como nos gusta pensar. La realidad no es una, es propia. Tan propia como seres habitamos en este mundo. Ojo, he dicho seres, no seres humanos.

Y digo yo, que quién tiene el derecho de venir a atrapar las luces ajenas, a deshacer mordidas de labio y atenuar risas espontáneas. Esto sí lo aprendí hace años. “Eres distinta”. No era como él o ella, ni como él y ella. Ellos también eran diferentes para mí, y me encantaba poder observar comportamientos y palabras dispares en mi lógica viva. Aprendía mucho. Aprendí más de su rechazo a la diversidad. Y pensar que hablamos de la diversidad de quien se sabe más pausada o dispersa en ocasiones, o aquella que se reconocía sapiosexual cuando a nadie se le había ocurrido emplear masivamente el término (que apareció, si no me equivoco, en 1998). Era una desigualdad basada en encontrar más interés en unos temas que en otros. En no ver la motivación en tanto detalle superficial. ¿Qué ocurre entonces en quien difiere de verdad? Aún hay quien habla de tendencias sexuales como clasificatorias. Recurrir al color de piel, las creencias religiosas, es ya un insulto a la inteligencia humana. Impensable, y sigue ocurriendo. Estatutos sociales, en el siglo XXI. Siquiera un virus que se sigue llevando a miles de personas en el mundo, sin distinguir nada de todo eso, os ha hecho meditar.

Entonces es cierto: la sociedad está perdida. Los que dedicamos algún rato a la meditación, o leemos un poco, tendremos la capacidad de observaros tristemente. Poco podemos hacer, sois tantos. Y vosotros, bueno, siempre podéis salir a las 21h a dar caceroladas en las cacerolas y en las cabezas ajenas, si alguien no piensa igual. Por supuesto, en una proporción amplia sin mascarilla y bien pegados. Ay, la selección natural.


“Los libros son las notas, la conversación es el canto”. Es imposible no recordar una lectura reciente: La sala número seis, de A.Chéjov. Vuestra falta de responsabilidad moral, de ética, recuerda a la inconsciencia de Andréi Efimich. No conocía el dolor y se refugiaba en esa idea para evitar la culpa. ¿Es esto? ¿Idiotas pero exculpados? Lamentable consuelo.


Conservaré, como si de un tesoro se tratase, la idea optimista del relato: “No hay en el mundo nada bueno que en su origen no contuviera una infamia”.

Levemente suya, tuya, mía.

Aviso a navegantes: contenido levemente erótico, altamente imaginativo, apenas endulzado por las casualidades y el ritmo frenético del tiempo.

Las cuñas están haciendo rozaduras en los pies. Por qué se ha puesto esos zapatos y no algo cómodo. Ah sí, porque él presumía de medir más de dos metros. Pensaba que, si tenía que mirar mucho para abajo, no la tomaría demasiado en serio al principio. Con la estúpida idea de hacerse respetar, se las calza. Se pasea, meneando el culo (culazo, sabe) de derecha a izquierda. Finalmente no es tan alto, y esto la sitúa exactamente a la misma altura. Se siente absurda, por haberlo creído. Aunque la lógica e imaginarlo moviéndose en un barco le gritaran que era una tomadura de pelo.

Se plantea entonces su propia estética. Si no tenía que haberse vestido más sexy, menos tapada, más femenina. Pero debe ser que no. Primero, porque la teoría de ser una misma, la tiene por bandera. Sabe que ser una misma, en su caso, es dejar caer la larga melena y jugar con unos ojos rasgados que emiten tanta luz que los deja atontados. No necesita ser vulgar, aprendió con los años. Y segundo, porque se da cuenta. Cuando se apoya en la encimera de la cocina y lo mira, choca con unos ojos tan lejanos durante tantos meses, unos ojos que ya son reales y profundos, más que en las fotos, videos o la imaginación. Él se la está comiendo. La mira fijamente. Parece pensar que sus sospechas son ciertas. Que no había un ápice de mentira en aquella expresividad. Ella disfruta con ello. Y él, solo extiende el brazo derecho y le acerca una copa. Sigue manteniendo dos metros de distancia. Y la mirada clavada. Bromea, hace muecas. Percibe que ella está respondiendo a sus preguntas sin exceso. Lamentablemente discreta, conoce demasiado bien sus reacciones y esos nervios que le suben por la espina dorsal pueden jugar una mala pasada a la lengua. A su lengua. Se está descentrando. ¿Por qué está incómoda?

Se sientan alrededor de una pequeña mesa. Dos sillas, se orientan el uno hacia el otro, pero sigue habiendo demasiada distancia física. Irónicamente, el deseo de abalanzarse sobre él se apodera de la serenidad que suele pasear y sí, no es incomodidad. Tiene calor. Si no estuvieran en la costa y con 30º, sino en el invierno más frío del continente, seguiría teniendo el mismo calor. Al menos puede medio justificarlo. Pero él está de vuelta. Está de vuelta de la vida. Está percibiéndolo seguro, joder. “Ponte en tu sitio, ponte en tu sitio. Relájate”. No funciona. Coge aire tan fuerte que, al soltarlo, emite un suspiro. “Joder”. Y suelta la estupidez que se cruza por su mente: “¿Damos un paseo?” Acaba de interrumpirle y no le ha sentado demasiado bien. Al menos hasta que, divertido, observa que está realmente fuera de sí. Se aprovecha un poco de la situación y al levantarse, le roza ligeramente el brazo. Reacciona mirándolo fijamente apenas dos segundos y baja la cabeza. Confirmado. El paseo es una huida. Qué cobarde. Qué mona. Ríe gamberro.

Nada pasa desapercibido. Ella gira hacia la venta, simulando que busca el bolso. Él se acerca. Coloca la cabeza justo encima del hombro que un vestido ancho y ligero deja desnudo. Nota como contrae el abdomen y corta la respiración. Los brazos, que deja caer estirados hacia el suelo, la aprisionan sin gestos violentos, ni agarres. La tiene donde quiere, pegada y quieta, sin necesidad de que las manos la rodeen y pueda asustarse. Suave, le dice al oído: “Nerviosa estás muy guapa”.

“Coge al toro por los cuernos”. Irónicamente, sigue repitiéndose esa expresión espantosa cuando está tensa. Lo mira, de medio lado, y responde aparentando relajación: “¿Qué te hace pensar que estoy nerviosa?”. Decidida, se gira y lo enfrenta. Lo hace a la misma distancia que estaban antes. Apenas unos centímetros y podría besarlo, acariciarlo, abrazarlo. Se contiene. Mientras él se queda pétreo, ella se fija en el nacimiento de su pelo. Las canas se mezclan con un cabello negro. Qué sexy. Recorre la frente y descubre algunas arrugas de expresión. Imaginárselo con el ceño fruncido le hace sonreír. ¡Y él frunce el ceño! “¿Por qué se sonríe esta mujer? Joder, si yo no puedo ni respirar teniéndola tan…cerca”. Las cejas son finas, no están superpobladas. Y los ojos son grandes y expresivos. Atentos, al acecho. No pestañea. Sigue recorriendo la nariz, grande y, hay que admitirlo, viril. En él todo es viril. El bigote y la barba, que parece cuidar bastante, al menos cuando tiene una cita, rodean los labios. Está tenso. Los aprieta. Levanta la mirada a la vez que, decidida, la mano derecha empieza a subir. Recorre los vaqueros por encima, todo parece sin querer. Cómo evitar un roce si apenas tiene espacio para moverse. Y él, sorprendido, extiende los brazos y se apoya en la encimera, inclinándose más hacia ella. Ahora la tiene entre el mueble y su cuerpo. “Pero qué juguetona, qué hace”, piensa. Recorre la camisa. Y lo hace demasiado despacio. Está pudiendo con su paciencia, pero siente tanto asombro como excitación, no se quiere retirar. Cuando alcanza el cuello, deposita la mano, confiada. Y lo acaricia, sin dejar de mirarle a los ojos. La mano roza la mejilla y después, el labio de abajo. Hasta que lo destensa.

De repente, parece darse cuenta de la situación y trata de dar un paso atrás. La encimera. Y él, que se aproxima y la besa fugazmente. La observa. No se ha asustado, no se aleja. Repite la acción, y esta vez son cinco segundos en los que, contenidos y con los ojos cerrados, se besan. Vuelve a mirarla. Los ojos han cambiado, el semblante le ha cambiado. Ahora está tranquila y excitada al mismo tiempo, sumergida en una expresión seria y pausada. ¿Esta mujer tiene veintisiete años? Parece absorta en él. Cuánto le gusta. Y le come la boca. Lo hace tan delicado, a ratos tan pasional, a veces tan sensual, que cuando se da cuenta y para, no es consciente de que la tiene absolutamente apretada contra la encimera, con los brazos rodeando su cuello y las pupilas tan dilatadas que el pardo de sus ojos es negro. Abre la boca con la intención de decirle que está preciosa, pero no le da tiempo. Está perdiendo el control absoluto de la situación y ella no se está dejando llevar, lo está guiando. ¿En qué momento giraron las tornas? Las lenguas se enredan, húmedas, suaves, inconscientes. Y aprovechándose de su fuerza, la sube a la encimera. El primer pensamiento es rasgarle el vestidito hippie. Luego reflexiona fugazmente que tal vez pueda molestarla. ¿Y si es su vestido favorito o algo así? ¿Y si simplemente no quiere tratarla de esta manera por nada del mundo? Es tan sensual, tan inteligente y atractiva. Se niega a perderla por un gesto tan animal y, ella ya se ha subido el vestido. Con un brazo, rodea su espalda y la atrae hacia sí mismo. Con la otra, recorre el muslo. Arde a medida que sube. Y a la altura de la cadera encuentra la tela de la ropa interior. Juega con ella tratando de analizar sus reacciones. Y en un suspiro, un “quítamelo” acaricia su oído. Sus deseos son órdenes para él y cuánto, además. El tanga baja fácilmente y él evita dejar de mirarla a los ojos, a la boca. Bajo ningún concepto quiere que se sienta incómoda. Quiere que se sienta suya. Él ya es suyo, no entiende cómo. Besa el cuello y ella se yergue. Decidida, le desabrocha el cinturón, el botón del pantalón y le baja la cremallera. Cuando rodea su cadera con los pies, engancha entre los dedos los vaqueros y los calzoncillos, que baja burlona sin dejar de sonreírse.

  • No sabía que tenías la habilidad de quitar ropa con los pies- se ríe, ronco.
  • Yo tampoco- y con los pies le rodea el trasero y la atrae hacia ella.

Se pone el condón con tanta ansiedad como la que empiezo a tener yo. Y decidido, entra. Entra, sale, entra y me vuelve a observar. Soy consciente, pero estoy perdiendo la cabeza. Solo quiero que siga. Lo miro un momento, está preocupado.

  • ¿Qué? – digo entre jadeos. Este hombre es un descontrol.
  • ¿Estás bien? ¿te sientes cómoda…conmigo? – el acento gallego esta vez no tiene que ver con el vino.
  • Excepcional, ya lo sabes- y enderezándome, le beso suave en los labios.

A partir de ese momento, solo se oyen susurros, jadeos, pequeños gritos ahogados, dos bocas devorándose y unos brazos que mantienen los cuerpos pegados, sin importar el sudor, ni el calor. A veces nos miramos un segundo, otras nos mordemos el cuello, nos chupamos el labio, nos reímos cuando chocamos o al emitir gemidos extraños. Y yo me dejo ir primero. No me lo espero, y me deshago en sus brazos ante mi sorpresa. Yo tiemblo, y el gruñe. Le gusta sentirme suya, no hay ninguna duda. Y sin decir nada más, absorbiendo mi boca y apretando mis muslos, se vacía dentro de mí.

Apenas puedo abrir los ojos. Respiro agitada, sintiendo su aliento en mi cuello. Aun está acelerado. El pecho le sube y baja. Y el subconsciente me traiciona: lo abrazo cariñosamente contra mí. Separa entonces la cabeza, sale de mí, y se gira. Aprovecho el instante para bajarme de la encimera, también el vestido, y recuperar mi tanga, que me pongo con una prisa anormal. Cuando me pongo recta, está a mi lado, con los vaqueros subidos pero desabrochados. Coge mi cara con las dos manos, me acaricia en la melena, y besa. Primero en la frente, después en la nariz, en cada mejilla, un mordisco en el lóbulo de cada oreja, y por fin, en la boca. Es un beso distinto. Es profundo, lento, mojado, pero sin prisa. No sé cuánto tiempo estamos así. Pero nunca olvidaré sus palabras al alejarse de mi boca: “eres la casualidad más bonita y sexy que he encontrado nunca. No te vayas”.

Ese fue el último día que lo vi. ¿Por qué? No sabría explicarlo. Aún siento el calor de sus labios y el ardor de las manos recorriendo la cara interna de mis muslos. Su absoluto interés en mi persona, y las confesiones entrecortadas por el placer y las risas. La seguridad, la agitación. Incluso el olor de su cuerpo, el sabor del sudor. Su sabor.

El bosque 0.0.0.9

Ha regado ese bosque cada mañana, con esmero y dedicación. Calculando la proporción exacta de agua que cada ciprés puede necesitar para seguir creciendo con garbo. Adaptando esos litros a los metros de vida que llevó y se ha quedado. Que ha transformado en un tallo fuerte y unas ramas discretas que se proyectan hacia arriba, como queriendo acariciar el cielo. Y el verde, asoma. Asoma discreto y firme. Es un recuerdo. Es una melancólica imagen de lo que había sido y ahora es.

Pobre Juan, Pobre Ruth, Pobre Rita. Pobres todos, para terminar ahí. Eso decían, mientras los entregaban. Llorando y agarrando fuerte la mano del que tenían al lado, sin importar quién. Pero de pobres, nada. Todos ricos y afortunados, todos juntos canten ya.

Es su coro de marionetas rotas. De destinos fracasados y conflictos sin resolver. Es un baile de máscaras deterioradas por el cansancio, por la vida. Siempre intensa, tan intensa. Es un placer verlos desarrollarse, acceder a ellos en silencio. Saber lo que nadie más sabe. El deleite de la superioridad, incluso circunstancial.

Porque, ¿qué hace ahí? ¿Qué sentido tiene? Ninguno. Y sigue tan entretenida.

-Hola, Pobre Pablo.

Oye una risa. Se abre a sus pies un agujero en la tierra. Limpio y, aparentemente, seguro.

Salta.

La sociedad del silencio

Hace unos días viví una de esas conversaciones que me desagradan. La persona con la que hablaba ha tenido y tiene, siempre, mi cariño y mi respeto. Pero hizo aquello que no perdonamos los creyentes de mi religión. La religión del respeto. Según nuestro libro sagrado, la educación no se pierde por la evidente libertad para expresar opiniones personales. Este mandato, sagrado desde que el mundo es mundo, se desdibuja en el siglo del “porque yo digo/hago lo que quiero”.

Me ha resultado siempre irónico que quienes luchan sin descanso por la libertad (libertad de pensamiento, de obra, de fe, sexual, de género, y un largo etcétera) sean los más dictatoriales en cuanto a las opiniones ajenas. Puedes pensar lo que quieras, siempre y cuando no pienses determinadas cosas. El argumento es básico: “es que eso atenta contra los derechos humanos”, “aquello es cuestión de humanidad”. Y dudo que muchas de las personas a las que dicen lo mismo, una y otra vez, carezcan de buenos sentimientos y fundamentadas razones. Pero da mucho poder, aferrarse a la nueva moda preestablecida: tengo razón, y si no me la das, eres un gran hijo de. Puede ser un hijo de la experiencia, de la consciencia, o diferir simple y llanamente en tantas cuestiones. Pero eso, ya no está bien visto.

Las mismas personas unas veces, y otras tantas son otro colectivo bien diferenciado, gozan de los comentarios despreocupados. Esto es otro arte: consiste en pronunciar comentarios que pueden resultar ofensivos o conflictivos, según con quién hablen, con una total tranquilidad. Lo que tiene en común con la gracia anterior, es la consideración de los comentarios en un marco de sabiduría colectiva generosa. Generosa consigo misma. Sabiduría acotada, me temo. Nadie lo sabe todo: esto sí es indiscutible. Pero volviendo al don de los Dones, el funcionamiento es sencillo. Canturrean la nueva verdad absoluta que han estado cociendo a fuego lento a golpe de conversaciones previas, lecturas respaldantes e imágenes evocadoras. Si el que la escucha, baila al son de su musiquita, bien. Si no, es que eres un/una/uno/une/unx/yanoséquémásponer… Y más allá de lo que el cantante estime, el oyente se ve obligado a tomar una decisión: obviar el comentario de turno y correr el riesgo de parecer indiferente o, lo que es peor, de acuerdo; discutir educadamente con la conciencia plena (que da la experiencia) de saber que no vale para absolutamente nada y que, seguramente, tamposo será escuchado; soltar su opinión con la misma despreocupación que el cantante y entrar en toda una pelea de gallos, porque evidentemente, no va a gustar lo que tiene que decir.

He de reconocer que, a título personal, prefiero la primera opción. No me inquieta demasiado que alguien que lleva a cabo determinadas actitudes piense una u otra cosa de mí. Siquiera me interesa el tema de conversación tantísimas veces. Pero cuando una mira alrededor y ve a tantas personas silenciadas por no pertenecer a un colectivo radical… Y es que en “radical” englobo muchos colores, siglas, iconos, banderas,…

Nunca he conocido a nadie que resalte como cualidad un “es tan extremista que nadie quiere hablar con él” (o ella, sí, sí, sí). Y ahí estáis, construyendo la sociedad del silencio. Parece que los bandos resurgieran y el poder lo tuvieran los que antes no podían expresarse. Parece como si ellos, taparan el resto de bocas. Pero no, claro. Decir esto, tampoco está bien visto.

Irónicamente, comparto el setenta por cierto de las opiniones de esta gente. Pero ya no me apetece que me identifiquen con ellos. Hay palabras que se están convirtiendo en insultos, por la pobre representación que hacen de una multitud.

Cuánto daño hacéis.

 

El silencio automático

No todos los días tiene una la suerte de poder ver a cámara lenta su proceso de despido.

Y es que a mí, nunca me han echado. Nunca hasta mañana, sospecho. Y lo mejor es el motivo: me he dado cuenta sin querer de que las cosas no se han hecho muy bien desde hace años. En el “muy” incluyo horas. En el “bien”, las no disfrutadas. Dejémoslo así para no dar detalles que no vienen al caso. Tampoco hacen variar la realidad.

Me he dado cuenta del poder de la palabra cuando cae en los oídos de alguien extraño. Extraño a un pensamiento humilde y coherente, por ejemplo.

He visto cómo debía callarme porque no había nadie escuchando. Si yo decía una frase tan larga como deletrear el abecedario, esa persona cogía dos letras y creaba un cuento de terror. Una pesadilla. Otra mala decisión.

Estoy un poco cansada de las malas decisiones laborales y me pregunto si soy solo yo, o es que medio mundo está loco. Y el otro medio no habrá leído ni un libro.

Es desesperante, frustrante y decepcionante. Pero sí, sigo teniendo razón. Y me importa poco, si no nada, vuestra necedad orgullosa.

No sois nada, ni nadie.

Frankenstein o el moderno Prometeo

Descubrí a Mary Shelley con tantas prisas que olvidé compartir el disfrute.

Siempre que leemos u oímos hablar de Frankenstein, lo siguiente es el subtítulo que a lo largo de la historia nos hemos empeñado en darle: “la primera novela gótica de la historia”. Hay quienes hablan incluso de ciencia ficción.

Si nos situamos un instante en el siglo XIX, exactamente en 1818, una mujer publica una novela que va más allá de cualquier concepción literaria hasta el momento. Ella abarca, con una mente creativa y una pluma fiel, el controvertido tema del destino, la moral, la vida, la creación de la vida. La ciencia, versus Dios. El destino, versus la voluntad del hombre. Las consecuencias de las acciones. Incluso la propia búsqueda de la felicidad. Las desgracias, escritas y justamente perseguidas según nuestro trazo vital.

La estructura es lógica  y su léxico, sencillo. Los personajes tienen la profundidad psicológica precisa para empatizar con ellos y compartir sus tormentos y anhelos. Los paisajes son el perfume de una imagen hermosa. 

El lector es a ratos criatura, a veces científico, otras muchas Mary. Pasea entre los marcos narrativos con un ojo apasionado y crítico. Rabia, compasión, angustia, horror. Ella puntúa, y según avanzas te adecúas a sus pausas.

No pensé nunca que fuera a cautivarme de esta manera una historia versionada y, considero, frivolizada a lo largo de los años. Pero tengo que decirlo: hablar de Mary Shelley como una lectura ficticia o fantasiosa es restarle un escalón completo de calidad, amplitud y complejidad.

 

 

Luismi

En La Chocita del Loro, Luismi ayer hizo que olvidáramos el día a día, los problemas, las nubes y hasta las expectativas. Rompió los esquemas y desde el Satisfyer, hasta los viajes, pasando por Guinea Ecuatorial (de nuevo, no puede ser casualidad), captó la atención y la risa de un público participativo; consiguió un espectáculo de 10. Tengo que reconocer, que no lo conocía. Pero uno va a un espectáculo con buenas referencias ya con una especie de confianza ciega. Más aún cuando en la taquilla nos recuerdan que es un cómico maravilloso, y que además da clases de comedia. Un detalle curioso.

Luismi

La Chocita del Loro es, casi siempre, una apuesta segura. No puedo desvelar detalles de ese ratito, solo recomendarlo. Es original, tiene un humor absolutamente sano y conecta desde el minuto uno.

https://tickets-senator.lachocitadelloro.com/ficha-evento/-/view/131466/-colocado-cabe-luismi